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Armero: Espejo de la nación

diciembre 3, 2025

Beethoven Herrera V. Noviembre 6/25

Primer Vicepresidente ACCE

La primera sensación deslumbrante que tuve al llegar al uso de razón fue el día que llegué a la escuela pública para cursar primero de primaria y desde el salón de clase, arriba en la montaña se veía refulgente la cúspide blanca del nevado del Ruiz, reflejando el sol de las mañanas. Esa imagen pervive hasta hoy en mi memoria y contrasta notablemente con las que ví hace pocos meses cuando volví por tierra caminando desde Manizales para encontrar la montaña desprovista de nieve a causa del cambio climático. 

Cada que paso en avión viajando de Bogotá a Cali y pido disponer la ventanilla que da hacia la montaña, observo con nostalgia que, así como la nieve se ha ido, muchas vidas se nos han ido y de pronto también se nos ha ido mucho de la esperanza, de la ilusión de convivir en paz en nuestra tierra. 

Puedo entonces decir que mi infancia avanzó deslumbrado por el brillo del nevado… Pero hoy el nevado ya no está… Estudios históricos decían que el nevado explotaba periódicamente cada siglo y había registros desde la colonia de que eso se había repetido recurrentemente cada siglo ¡Estábamos advertidos!. Pero nadie lo creyó en verdad-. 

Las explosiones anteriores del volcán explicaban la fertilidad de esa tierra. Pero por desgracia, nadie tomó en serio, nadie creyó que ello podía repetirse y vino la tragedia. 

Cuando llegué a Armero por primera vez con quince años de edad, en mi primer paseo del pueblo, sentí el fogonazo de aire caliente en el rostro y me hizo descubrir una temperatura que nunca antes había sentido en la plácida y templada temperatura de El Líbano: La única ruta posible de salida para un joven de familia liberal en el Tolima era salir del Líbano, y pasar por Armero, Mariquita y Honda, tres pueblos de idiosincrasia liberal. 

Armero significaba para mí un lugar grato por sus inmensas frutas, sus ricos mangos, zapotes, guayabas que me alegraron la infancia. Allí vivían mi hermana trabajando en el hospital, amigos de colegio y muchos paisanos más. Por fortuna mi hermana se trasladó a Ibagué meses antes de la avalancha.. El nevado comenzó a lanzar fumarolas y a lanzar ceniza que caía en el patio de nuestra casa, ubicada en el Líbano. 

Cuando eso ocurrió, el meteorólogo Max Henríquez dijo en televisión: «La montaña está viva». Y explicó: ¡Si arroja fumarolas!, ¡si arroja ceniza, si muestra temblores, la montaña está viva y el volcán Galeras podría volver a explotar!. Le llovieron críticas.. Se le acusó de crear pánico. Y el Concejo de Manizales lo declaró persona non grata con el argumento de que podría arruinar las fiestas de la Feria de Manizales muy próxima para el mes de enero. 

Yo estaba en México estudiando la maestría y seguía con preocupación las noticias sobre el volcán. De modo que regresé después de la tragedia del Palacio de Justicia para encontrar que la ministra de Comunicaciones había ordenado transmitir un anodino partido de fútbol buscando distraer a los ciudadanos. ¡Y en esa noche ocurrió la tragedia!. El sacerdote de Armero dijo a sus feligreses que estuvieran tranquilos. El párroco se fue a Ibagué. Él sobrevivió… Se habían colocado en la boca del volcán algunos sistemas de alarma y por desgracia, se los habían robado. 

Los meteorólogos, planificadores y analistas, estimaban que si el volcán explotaba, la avalancha podía tardar seis horas en llegar hasta Armero. 

En efecto, el volcán explotó, pero la avalancha tardó solamente dos horas. ¡Solamente dos horas!. Porque la masa de ceniza y lava alimentada con piedras y árboles formó un cúmulo inmenso de materia rodante que bajó por el cañón del río Lagunilla. Fue tan monstruoso aquello que limpió la montaña, literalmente barrió la vegetación y quedó un cañón rocoso y limpio, profundo. ¡Símbolo de muerte!. 

Yo tuve la curiosidad de ir a los pocos días y hacer el recorrido por el borde del río. Y era dantesco lo que se veía. Mi madre vivía en el Líbano, aunque los hijos vivíamos en otras ciudades. Ella se negaba a salir, quería estar por siempre en la casa de sus amores, de sus trabajos, de sus recuerdos. Íbamos a verla con frecuencia, pero nunca nadie pudo imaginar siquiera lo dantesco de lo que podía ocurrir. 

Por fortuna, el Líbano está rodeado de los dos ríos: el río Lagunilla y el río Recio, que bordean por el norte, el uno, y por el sur del otro, un valle fértil al que el fundador Isidro Parra bautizó con el nombre de Líbano al encontrar cedros que hacían recordar el pueblo del Medio Oriente. Pues bien, sobrevivimos a la tragedia… Pero todos los días y todos los meses y todos los años que cruzamos desde Líbano hacia Bogotá, de ida o de regreso, tenemos inevitablemente que pasar por Armero y descubrir que es soólo una planicie muerta cubierta de lava y ceniza, seca ya por los cuarenta años de olvido. Y los pocos pobladores fueron trasladados a un nuevo pueblo construido artificialmente como Guatavita y como otros más que se han construido a partir de la nada, llamada Lérida-Armero. 

Por todo lo que Armero simbolizó de vida con su agricultura prodigiosa de arroz, frutas y algodón. Por lo que significó un pueblo de mente abierta y receptivo de los migrantes, Armero sigue siendo una memoria, testimonio y un reclamo abierto al país. A un país, a un país que sigue sin planear la forma de prevenir tragedias, a un país que sigue sin explotar sus recursos de modo ordenado y sobre todo, a un país en el cual la vida tiende a ser derrotada por la muerte o, dicho de otra forma, en donde la muerte es tan frecuente que la vida es algo exótico.