Resumen del foro «Diagnóstico del abuso sexual infantil», organizado por la Asociación Afecto contra el Maltrato Infantil y la Academia Nacional de Medicina de Colombia, miembro COLMAC.
Médicos psiquiatras, pediatras y abogados se reunieron para hablar de un tema que casi nadie quiere mirar de frente, el abuso sexual infantil. Las cifras mostradas en el foro son difíciles de asimilar: se calcula que una de cada cuatro niñas y uno de cada seis niños será víctima de abuso sexual antes de llegar a la vida adulta. En Colombia se reportaron en 2025 más de 12.000 casos de abuso sexual infantil, y estadísticamente hablando, el 97% de esos casos queda en la impunidad. La mayoría de los agresores (80%) no son desconocidos: son personas del entorno cercano —padres, padrastros, tíos, abuelos, profesores— y el 85% de las víctimas son mujeres, en su mayoría niñas.
La Dra. Isabel Cuadros Ferré, directora ejecutiva de la Asociación Afecto, resumió el problema de fondo con una frase: en las universidades, las facultades de medicina, psicología, trabajo social, no enseñan sobre maltrato infantil. Los profesionales llegan a ejercer sin las herramientas para reconocerlo.
El abuso infantil tiene muchas caras en forma de violencia a través del ejercicio de la fuerza o el poder, sin consideración a la dignidad del menor, su corporalidad y psiquismo; a veces a través de violencia sexual, otras por medio del reclutamiento de menores para la guerra o el crimen organizado, o a través de la explotación sexual y/o laboral infantil. Una de sus consecuencias más graves es que el abuso infantil está directamente relacionado con problemas de salud mental hacia el futuro, pues el desarrollo de cualquier ser humano depende en buena medida de los estímulos y experiencias vividas.
La adversidad temprana en la infancia —maltrato, abuso, negligencia— altera el desarrollo del cerebro, especialmente en zonas relacionadas con el aprendizaje, la memoria y el control de impulsos. Un estudio clásico citado en el foro (estudio de «experiencias adversas en la infancia») mostró que las personas que sufrieron varias de estas experiencias tienen el doble de probabilidad de desarrollar obesidad, depresión o adicciones, y una expectativa de vida hasta 20 años menor.
La mayoría de los casos de abuso no son «asaltos» repentinos, sino procesos de seducción y manipulación progresiva: el agresor gana la confianza del niño, aprovecha sus necesidades reales de afecto, atención y contacto físico, y poco a poco normaliza el abuso. Muchas veces el niño ni siquiera identifica lo que vive como algo «malo», especialmente si ha crecido en un entorno donde eso se percibe como habitual.
Quizás la conclusión más repetida a lo largo del foro es: cuando un niño o una niña habla de abuso, hay que creerle. La especialista en neuropsicología infantil Dra. Victoria Eusse explicó que los niños no tienen ninguna ganancia en inventar este tipo de relatos; al contrario, denunciar suele traerles más sufrimiento (tener que repetir la historia una y otra vez, ser cuestionados, a veces perder el contacto con su madre protectora).
Desde la neurociencia los relatos infantiles son confiables: un niño pequeño que ha sufrido un trauma complejo, no tiene el lenguaje ni la capacidad de «inventar» una historia coherente y detallada sobre algo que no vivió. Lo que sí hace es mostrar síntomas en su cuerpo y en su comportamiento —miedo, pesadillas, cambios de conducta, comportamientos sexualizados que no corresponden a su edad— porque su cerebro aún inmaduro procesa el trauma antes de poder ponerlo en palabras. Muchas veces, el agresor elige a las víctimas más vulnerables: niños sin figura paterna presente, con madres que trabajan todo el día, o que pasan mucho tiempo solos.
La Dra. Vicky Zambrano, abogada y representante de las víctimas de abuso, se refirió a uno de los puntos más debatidos en estas situaciones; los exámenes médicos, y recalca que un examen médico «rutinario», sin lesiones visibles, no descarta el abuso sexual. Varias razones lo explican:
- La fisiología infantil permite que muchas lesiones sanen rápidamente sin dejar cicatriz.
- La mayoría de los agresores no buscan causar dolor físico, sino estimulación sexual, por lo que muchas veces no dejan huellas.
- El abuso sexual no siempre implica penetración ni contacto físico: exponer a un niño a pornografía, obligarlo a presenciar actos sexuales o abusar de él a través de medios virtuales también son formas de abuso.
- Existe variabilidad de un cuerpo a otro en la velocidad de cicatrización.
Frases como «no hay evidencia de abuso» deberían reemplazarse por algo más preciso, como «el examen no permite confirmar ni descartar el abuso». La diferencia no es solo técnica: en los procesos judiciales, la palabra de un médico pesa mucho, y una frase mal formulada puede cerrarle la puerta a la justicia a una víctima real.
Las instituciones deberían ser las primeras en proteger a los niños, pero ocurre lo contrario:
- El sistema de salud suele dar solo 20-25 minutos por consulta, un tiempo insuficiente para que un niño logre hablar de algo tan difícil.
- El sistema judicial exige pruebas físicas que muchas veces no existen, y tiende a priorizar los derechos del acusado por encima del interés superior del niño.
- Persisten mitos sin respaldo científico, como el mal llamado «síndrome de alienación parental», usado en ocasiones para desacreditar denuncias legítimas.
- Hay una desconexión entre el sector salud y el sector judicial, que deberían trabajar de forma coordinada y muchas veces no lo hacen.
- Los propios profesionales que atienden estos casos sufren un desgaste emocional enorme y casi no existen programas para cuidar a quienes cuidan.
A veces parecería que el sistema penal, tal como funciona hoy, está mejor diseñado para defender a los agresores que a las víctimas. Es tiempo de reconocer el abuso y el maltrato infantil como un problema real de salud pública, con el peso institucional que esto implica.



